Recuerdo aquel día de hace 10 años como si fuera ayer. Debería ahora acompañar esta bonita frase inicial de mirada al pasado con otra emotiva que arranque sonrisas y lágrimas a quienes me leen sabiendo de qué va esta historia, pero es que, sinceramente, el 16 de septiembre de hace 10 años fue una completa mierda. Ni empezó bien el día, pues los nervios y las despedidas en el aeropuerto me pusieron en tensión, ni acabó maravillosamente, ya que estaba exhausta de tantas horas estresantes y ni siquiera pude descansar en la tranquilidad de mi habitación o mi cama. Ahora seré breve, pero podéis leer todo lujo de detalles de lo ocurrido en mi primer día en Irlanda en el post que hay justo debajo de este.
Como sabéis, tras las muchas horas de viaje y de ir cargando maletas para arriba y para abajo, llegué a mi habitación dentro del campus y no quería hacer otra cosa más que colocar las sábanas limpias en la cama y echarme a descansar hasta el infinito y más allá. Me dolía todo de ir cargada de maletas y, sobretodo, de haber tenido que arrastrar de mala manera la maleta más grande y más pesada porque se me había roto. Pero tal ansiado y merecido descanso nunca pudo ser porque nada más entrar al baño (que estaba dentro de mi habitación) cientos y cientos de mosquitos me dieron la bienvenida y se colaron por toda la habitación. Mi primera compra esa misma tarde sería un bote de insecticida que rocié por toda la habitación, lo cual me obligaría a tener que subir la mierda de colchón que tenía al apartamento de mi amiga Lucía y dormir allí esa primera noche en el suelo de su habitación. Sí, dormí acompañada y eso al menos sí fue bueno, pero entre los dolores físicos, el bajón anímico y los problemas inesperados no estaba siendo aquello como yo había imaginado. Fue una mierda. Os cuento esto porque justo esta semana me acordé de todo ello y no fue precisamente porque sabía que se acercaba el décimo aniversario.
Veréis, la semana pasada decidí alquilarme para mí sola un piso en la ciudad donde voy a trabajar durante este nuevo curso escolar. Por primera vez en mi vida experimenté un nuevo tipo de miedo, una sensación vertiginosa que mezclaba nervios, incredulidad, estrés y responsabilidad hacia algo desconocido que cambiará mi vida. El caso es que me mudé oficialmente hace unos días, encima fue justo el día en el que comenzaba las clases por la tarde. Vamos, que se me iban a juntar los nervios del primer día de trabajo con los del primer día de vivir sola, así que imaginaos cómo estaba.
Bien temprano por la mañana cargué yo sola el coche y me fui a mi nueva ciudad, pero no pude llegar tranquilamente al piso e instalarme comodamente. Surgieron un sinfín de inconvenientes, tuve que ir a hacer varios trámites a otros lugares antes y encima cuando llegué a mi nuevo barrio di mil vueltas para encontrar aparcamiento y no lo encontré. Al final decidí parar en la zona de taxis de mala manera, poner las luces de emergencia y al menos descargar el coche para subir las cosas al piso. Iba a ser llegar, abrir la puerta y lanzar las cosas dentro para bajar lo antes posible a mover el coche porque corría el riesgo de enfadar a alguien. El plan podría haber funcionado, sin embargo hubo un pequeño problema: me estaba meando y no me podía aguantar. En realidad el problema en sí no era ir al baño, pues mi parada técnica iba a ser más rápida que cuando entra un coche de Fórmula 1 en boxes durante una carrera, sino que el hecho de parar hizo que justo al salir del baño me encontrara cara a cara con una cucaracha que cambió mi día para siempre.
¡No me lo podía creer! Justo cuando más prisa y más estrés tenía encima, ahí estaba ella para darme la bienvenida. Nos quedamos quietas, mirándonos la una a la otra, y entonces me di cuenta. De nada serviría gritar, nadie iba a venir a ayudarme, a quitármela de enmedio; tenía que ser yo la que hiciera algo y tenía que ser ya porque de lo contrario la situación se me iba a escapar de las manos como sucedió en Irlanda. En cuestión de milésimas de segundo me quité la zapatilla y la aplasté de un golpe. Me vine tan arriba que perdí dos minutos más en rocíar toda la casa con insecticida, pues cuando volviera más tarde quería de verdad descansar y relajarme porque por la tarde tendría las primeras clases. No leáis lo que sigue en este párrafo porque le voy a meter palabrotas para resaltar aun más esa autoproclamación de la república independiente de mi casa. Y es que era mi jodida casa, y aunque estaba en un aparente barrio asqueroso donde no hay ni un puto aparcamiento, una cucaracha de mierda no me iba a joder aun más la mañana ni los planes de independencia. La nueva Míriam había aterrizado en el vecindario.
Dada mi súbita comprensión de que estar sola en un sitio desconocido no me hacía más vulnerable sino más fuerte, me acordé de mi aparatosa llegada a Irlanda y fue inevitable pensar en los mosquitos. La cucaracha podía haber supuesto mi derrumbe en ese estresante día como antes lo habían sido los mosquitos, pero yo ya no era aquella miedosa Míriam que se fue a Irlanda. Esa persona nunca regresó a España, en su lugar volvió una Míriam nueva y más fuerte que se ha ido moldeando durante estos 10 años. Ya que hablo de insectos voy a usar el ejemplo del gusano y la mariposa. Pues sí, por así decirlo mi tiempo en Irlanda fue mi tiempo envuelta dentro del capullo para dar lugar a una mariposa. Y sí, mala idea de ejempo y por Dios bendito voy a dejarlo ya o vamos todos a vomitar arcoiris. Pilláis lo que quiero decir, ¿no? Pues eso, que Irlanda me cambió y por tanto cambió tooooodo el rumbo de mi vida, dando lugar a la Míriam que he llegado a ser hoy, la que decide zanjar el problema de la cucaracha inmediatamente y no deja que le invada la casa como sucedió con aquellos mosquitos.
Lo hemos hablado miles de veces y aun así no podemos evitar que la piel se nos ponga de gallina al pensar que NADA de lo que somos ahora y de lo que hemos conseguido habría sido posible o igual de no haber ido a Irlanda y no habernos conocido. Sí, así lo creo. En mi caso probablemente habría seguido el mismo camino en los estudios y me habría convertido en profesora, pero estaría a años luz de la profesora que soy ahora. Mi enorme timidez, inmadurez y encierro en mí misma habrían seguido estando. Pero como Irlanda me dio la oportunidad de abrirme más a la gente, de aprender a socializar (¡ja! ¡como si ahora fuera toda una relaciones públicas y reina del cotarro! NO) y de madurar (¿seguro? las tonterías que hago en la actualidad distan mucho de una persona sensata y madura) pues creo que me ha ido mucho mejor y me he convertido en alguien que jamás habría imaginado ser capaz de ser. ¡Madre mía! ¿Alguien se ha enterado de algo? porque yo no. Son las horas que son, que he remoloneado todo el día, se me ha olvidado escribir esto y ahora voy a todo trapo escribiendo como el culo porque no quiero que lleguen las 12 de la noche y se pase el 16 de septiembre. ¡Tengo que publicarlo hoy, no mañana! Así que ni me voy a molestar en leer la mierda de párrafo que he escrito, ha quedado claro que Irlanda me cambió muuuchísimo y que no creo que mi vida actual fuera la misma si no hubiera experimentado ese gran cambio.¡Siguiente idea!
Pues la siguiente idea es que sin Irlanda tampoco habría conocido a ciertas personas y tampoco nada habría sido igual. A algunas llevo años sin verlas o incluso sin hablar con ellas a pesar de tenerlas en mis redes sociales, pero ya pueden pasar diez años más que estoy segura de que al reencontrarnos seguiríamos teniendo la misma confianza y hablaríamos como si no hubiera pasado el tiempo entre nosotros. La magia del Erasmus dicen y ¡vaya si es verdad! Chic@s, sabéis muy bien el papel que hemos jugado todos en esta historia que son cada una de nuestras vidas, reescritas en Maynooth. No nos vamos a cansar nunca de contar las mismas anécdotas o vivencias, lo que experimentamos en determinados momentos, nuestras primeras impresiones de los demás el primer día que nos conocimos. Ya que me dirijo a todos vosotros más explícitamente en este párrafo, espero de verdad que podamos reunirnos todos en Maynooth en 2018, que aunque el canario nos haya fastidiado lo bonito que habría podido quedar el reencuentro en 2017 porque él no llegó hasta el segundo semestre y bla bla bla, va a ser bonito igual. En fin, para volver a lo que decía, ¡gracias Irlanda 2007-2008 por existir!
¡Quince minutos para la medianoche! Me siento como en Nochevieja preparando las uvas deprisa y corriendo a última hora. Yo quería que me quedara algo bonito y profundo y no hago más que repetirme o interrumpirme. Ya ni sé por qué hablaba de mosquitos y cucarachas. ¡Ah, sí! Pues porque si no ha quedado claro, de no haber sido por el Erasmus, la Míriam de ahora para empezar no se habría ido a vivir sola lejos de casa y en caso de haberlo hecho se habría puesto a llorar de miedo e impotencia al ver a esa cucaracha, la cual se le habría escapado por no haber estado rápida y decidida a quitarse la zapatilla y acercarla a esa criatura del averno. O quizá me estoy equivocando por completo y otras cosas me habrían hecho crecer y madurar durante estos diez años y sí me habría hecho la profesional como un pino que soy ahora. Incluso, ¿quién sabe? lo mismo habría sido mucho más madura, resuelta e independiente. Quizá habría conocido a otras personas, estaría casada, con hijos, sería millonaria, habría viajado por otros lugares del mundo... Nunca lo sabré, pero es que no quiero saberlo, no quiero ver ese "what if" de mi vida porque lo que tengo ahora es maravilloso. Me gusta pensar que Irlanda y todas esas personas que conocí allí me cambiaron, que mi vida es así de maravillosa gracias a ello y que el rumbo que sigo ahora me fue dado allí y es lo que tiene que ser. Y como quedan 5 minutos para la medianoche y está clarísimo que desde hace rato estamos todos vomitando arcoiris de lo mal que me ha salido este post desde casi el principio, me callo y lo publico.
¡Gracias Erasmus 2017 por existir!




















